No eres tú, soy yo”. Esa es la frase que se supone que se usa frente a alguien cuando se quiere dejar una relación.

Cuando los argumentos a los que realmente se le están dando la vuelta  son:

«Bueno en realidad sí que eres tú, pero con tal de que te vayas de mi vida ya me echo yo la culpa«.

Ella  no utilizó tal argumento para eliminarle de su vida, ¡que va!.

Estuvo intentando deshacerse de aquel tipo insulso durante meses porque cuando le dijo aquello de  “cuenta conmigo para todo, para siempre” lo dijo absolutamente en serio, con el corazón en la mano, o quizás en la boca, con el peso de cada palabra, pero él  no  creyó nada de lo que decía, y no era por ella, quizás era porque estaba perdido en sus mundos, o en su pasado.

Apostó por él, cada segundo de cada día con cada sentimiento y perdió.

Y cómo él decidió no la creerla, todo lo que hizo fue defraudarla en cada aspecto de la vida, de la relación, con su terrible pasado que entremezclaba con el presente de ambos, y con la probabilidad de un futuro que tiró por la borda por un pasado que era solamente suyo y al que dejó que se entrometiera en su presente.

Así que ella llegó a una conclusión, la  única posible:

“Me sale más barato en todos los aspectos decirle que soy yo”.

Así ahorraba tiempo y explicaciones.

Eludió explicaciones sobre lo que sabía sobre las terceras personas, cuando él lo insinuó,  le dijo que no se cansase de comentarlo, que sus celos la habían cansado, que era libre, pero que no viniera después a insistir.

Jamás se preocupó por lo que a ella le  gustaba o lo que sentía, lo importante estuvo siempre en su lado de la balanza.

El egoísmo era su gran problema.

La ignorancia su bandera.

Ella sabía que si se lo explicaba le iba  a dar la vuelta para que la culpa fuera de ella,  únicamente de ella.

La manipulación era otra de sus muchas  artes, de hecho, la mujer con la que le había estado siendo infiel no sabía que a ella también le había sido desleal cuando por fin ella había conseguido el objetivo de separarles.

Pero era mejor aguantar el tipo una vez más y decirle lo que ya le estaba diciendo: “no eres tú, soy yo”.

Y así acortaba aquella conversación y borrar todo el daño que había recibido de alguien con tanta maldad en su mente, en su pasado y en él mismo.

Pasado un tiempo  volvió a verle, pero él no la vio, por su mente desfilaron recuerdos de otros días en los que se sentía atrapada en su propia casa y con un hombre que decía quererla, pero  desde que él no estaba en su día a día ella se encontraba más fuerte.

Ya no tenía que enfrentarse a sus críticas, a las humillaciones que después negaba, a aquellas mentiras que ni un niño contaría porque eran inverosímiles.

Aquel chaval en edad mental que habitaba en el cuerpo de un tipo viejo y deslustrado por la mala vida que había llevado, caminaba por una calle delante de ella, pero por la otra acera,  de la mano de una señora que parecía salida de un vodevil y que casi aparentaba ser su madre, parecían ambos jubilados, pese a que él era muchos años más joven que ella.

A juzgar por los aspavientos de ambos discutían, pero no les oía por el ruido de la calle, además sabía por experiencia propia que él no era de gritar o levantar la voz en sitios públicos, se cuidaba bien de ser el centro de atención por si ella se decidiera a hacer algún tipo de acusación, algo que a él  ya le  había pasado anteriormente y por lo que no estaba dispuesto a pasar de nuevo.

Curiosamente desfilaban delante de una residencia para personas mayores, eso hizo que ella esbozara una sonrisa pensando que quizás estaban buscando plaza para sus vacaciones sin pasar por las tan anunciadas vacaciones de invierno del IMSERSO en alguna ciudad vacacional del sur.

Sin quedarse a mirar más, temiendo uno de sus famosos ataques de risa siguió avanzando calle abajo, conteniendo la carcajada todo lo que pudo, sin demasiado éxito, hasta llegar al lugar en el que su marido tenía aparcada la autocaravana en la que se iban un mes de vacaciones a recorrer Europa.

No pudo evitar la comparación al verle sentado en el asiento delantero configurando alguno de los nuevos juguetes electrónicos que hubiera comprado y mirar al que se alejaba calle abajo con aquel esperpento que se parecía más a una mala imitación de un travesti o una draq queen en un mal día, e iba enfundada en un vestido prieto pero le asomaban los michelines por todos lados y resultaba muy cómica subida a aquellos tacones que la hacían parecer un ave zancuda, pintada como si la hubiera maquillado una niña de cuatro años.

Cuando vio la sonrisa de su marido se desvaneció la incipiente carcajada e hizo que una sencilla sonrisa de amor asomase a su cara. Él bajó de la autocaravana y le dijo:

  • ¿Qué echamos la última ola antes de marcharnos de España miene Liebe? (Traducción: Mi amor)
  • ¡Pues claro mein Leiblisgsblod!, te seguiría al borde del océano. (Traducción: Mi rubio favorito).
  • ¡Vamos allá meine Leiblisgsblondine! (Traducción: Mi rubia favorita).

Él metió medio cuerpo de su casi  metro noventa en la autocaravana y sacó un par de tablas de surf como si se tratase de un par de barras de pan que se pusiera bajo el brazo, le entregó una, tras cerrar la autocaravana se encaminaron hacia la playa, mientras caminaban calle abajo su marido cogió la rodeó por la cintura con su mano para atraerla hacia sí y se agachó para besarla en el cuello.

  • ¿De qué venías conteniendo la risa? – Preguntó con aquel agreste acento nórdico, ella sabía que a sus escrutadores ojos verdes no podía esconderle nada, por eso decidió ser sincera, al menos en parte.
  • Según regresaba de la tienda creí ver a alguien que conocí en un tiempo pasado.
  • Jajaja – Su apuesto marido levantó el mentón riendo en voz tan alta que causó que los transeúntes del paseo marítimo le mirasen. Era como un gigante rubio al que la melena le empezó a clarear por las canas hacía ya algunos años, un gigante de ojos verdes con anchas espaldas y piel trigueña debido a las horas que pasaba en la playa – No me digas más, ya me imagino cómo acabó esa historia, gracias a aquel final estamos hoy juntos y somos felices. Si me dices quién es el mengano le agradezco.
  • ¡Ni de coña! No me avergonzaría ante ti mostrándote semejante elemento, ni a su drag queen… – Se arrepintió de la última frase en cuanto la pronunció, su marido apenas sabía nada de su vida antes de conocerse, cuanto menos saben menos pueden usar en tu contra, era lo que le había enseñado aquella relación del tipo de la drag queen.

Aquella mujer no era de muchas palabras, eso a él le gustaba, además no era dada a hablar de su pasado, eso le gustaba más aún, quizás eso había sido la piedra angular de su relación y por eso se habían casado tan pronto después de comenzar a salir y a convivir, todo ello en menos de un año, ¿Para qué perder el tiempo a esas edades si lo tenían ambos claro? Se amaban como chavales y eso había que sellarlo.

Cuando se conocieron ella estaba bastante más rellenita de lo que estaba ahora, tenía algunos problemas de salud derivados de un accidente de tráfico y una enfermedad, pero él le dijo que si confiaba en sus conocimientos de alimentación y en el deporte, podría tener una vida mucho mejor y con más calidad, ella le dijo que estaba dispuesta a hacer cambios y que era totalmente moldeable y se dejó llevar, en poco tiempo alcanzó su peso ideal, dejando de comer ciertos alimentos sus molestias desaparecieron y gran parte de los problemas de su enfermedad remitieron, su cuerpo dejó de ser el de una mujer de setenta años por sus problemas a pasar a ser el de una mujer de treinta gracias a una dieta sana y mucho ejercicio.

Su marido solía decirle durante aquellos meses en el que habían invertido tiempo en enseñar él y aprender ella sobre plantas, alimentación, distintos deportes, técnicas de respiración, que eres tan viejo como tu espalda es capaz de doblarse por ti, por eso tienes que ser flexible como una rama de bambú, ser capaz de reservar agua como un cactus y, aguantar como un monje meditando en su búsqueda del Nirvana ante los intentos de sacarte de tus casillas, porque quien hace algo así lo hace sólo porque intenta desestabilizarte al no ser feliz en su propia vida.

Desde que se conocieron los progresos en ella eran visibles, físicamente mejoraba mucho, pero además mejoraba su autoestima, su hombre se daba cuenta de que ella estaba fracturada hasta el alma, pero jamás se lo había dicho, decírselo hubiera supuesto una fractura más para ella, una grieta insalvable entre ellos, en aquel momento era mejor salvar ciertas cosas con humor, comida, amor, deporte y meditación.

Si alguien le hubiera dicho a ella  hacía un tiempo que podría recuperar su salud y su figura, su autoestima, su esencia, sus ganas de vivir y tantas otras cosas,  jamás se lo hubiera creído, de hecho ella apenas se lo creía cuando observaba sus propias fotos antiguas en la nube, fotos que no permitiría que su marido vería.

Iban riendo y jugando escandalosamente, como si fueran niños, por el paseo marítimo de una de las playas surferas más conocidas de la zona aquel domingo, cuando un par de sexagenarios, como ellos, pero vestidos como si tuvieran veinte años más y, discutiendo en lugar de reír disfrutando de lo que el día les ofrecía, demostrando que  eran de esos que llevaban envueltos en una relación tóxica mucho tiempo, se fijaron en la pareja que reía, los que corrían y jugaban por la playa con dos tablas de surf y, en los ojos de ambos la sombra de la duda se dibujó creyendo identificar a la mujer de larga melena rubia, se miraron con la sombra de la duda en la mirada diciendo sin palabras que no podía ser.

¡Era imposible!

Cambiaron el motivo de su discusión porque aquella mujer que caminaba como una zancuda se enojó por la forma en que el hombre viejo miraba a la mujer que corría por la playa con una tabla de surf, la miraba con deseo y, al tipo  que la acompañaba le miraba con recelo.

En algún momento el tipo avejentado dijo que le apetecía tomar algo en la terraza por la que casualmente pasaban, y su acompañante le dijo que sólo quería mirar a su ex, pero él no dijo nada,  prefería no entrar al trapo, sabía que faltaba poco para que aquella se pusiera histérica y gritase, se sentó y pidió una cerveza quedándose pensativo con el cigarrillo en una mano y el vaso en la otra, fue en ese momento cuando aquella mujer se dio cuenta de que nunca había estado con ella, de que sus largas ausencias las había usado para buscar a la mujer que había reaparecido frente a ellos corriendo como si fuera veinte años más joven, pero que llevaba tiempo desaparecida, esas ausencias que no podía justificar desde hacía años, sabía que era tiempo que dedicaba a buscarla, ahora ambos entendían por qué jamás la pudo encontrar.

Se quedaba absorto contemplando las cabriolas que hacía la rubia sobre las olas, por el rabillo del ojo veía a la otra ponerse rabiosa, pero hacía rato que ya no escuchaba sus peroratas, eran las mismas desde hacía años, se las sabía de memoria. En cuanto vio que salía del agua pagó las consumiciones y se encaminó a su encuentro, la mujer que compartía la mesa con él se interpuso en su camino y le dijo en un tono estridente, a juego con su ropa y su maquillaje:

  • Si te atreves a acercarte a ella ya puedes olvidarte de mí
  • Bueno, esa es la amenaza que me haces seis veces a la semana y el domingo dos veces, hoy es domingo y antes de verla ya me lo habías dicho un par de veces, en estos años me has estado acusando con todo tipo de cosas y amenazando con otras tantas, y ¿sabes qué? de todo de lo que me has acusado y de alguna cosa más es cierto. – La cara de aquella mujer pasó de cómica a esperpéntica y en la cara de él asomó una sonrisa porque por fin se vio liberado. – Pero ahora que por fin la veo, ni tú ni nadie va a interponerse en mi camino para que la salude y le pregunte cómo le ha ido estos años.

La mujer empezó a gritar mientras contemplaba cómo se alejaba aquel hombre, quien levantó una mano en gesto de despedida sin girarse hacia ella.

En la terraza se montó un revuelo, de esos que a él no le gustaban, fue un pequeño escándalo de voces y aspavientos que llamó la atención de la mujer que salía del mar con su tabla de surf y que vio al hombre acercándose hacia ella, al principio, con el sol de frente no le reconoció, pero su forma de caminar era fácil de reconocer y su físico le delataba pese a los años que habían pasado sin verse. Era un hombre que no llegaba a la media de la estatura nacional, de talle largo y piernas cortas.

Los años que habían pasado sin verse les habían tratado de formas muy dispares, si bien a ella le había sonreído la suerte por haberse cruzado con un hombre que la había ayudado con sus problemas de salud, y había sido paciente con un amor inmenso; a él se le notaba el paso de los años, eso pudo juzgarlo ella a cada paso que se reducía entre ellos, no se aventuró a elucubrar con los motivos de aquella vejez tan precoz como acentuada en un  hombre que no era tan mayor, pues apenas se llevaban unos meses.

Ella se giró y miró a su marido, estiró su larga melena retorciéndola hacia arriba para quitar el agua, colocó la tabla en la cálida arena y comenzó con su ritual de asanas de yoga sobre la tabla, respiraba metódicamente para recuperar su calma, cuando él se aproximó y le saludó ella se puso de pie poniendo su mano a modo de parasol.

  • Te he estado buscando durante todo este tiempo, te he echado de menos.
  • Entschuldigung, Sir, ich verstehe nicht (Traducción: Disculpe señor no entiendo lo que dice).
  • Sé que eres tú, sé que estás fingiendo.

Ella sonreía como una extranjera que no comprendía qué le decían, él la miraba a los ojos de una forma que parecía que la taladraba, contemplaba su cuerpo de tal forma que no se dio cuenta de que una inmensa mole de casi dos metros se acercó a ella por detrás y como si ella le hubiera intuido se recostó en el pecho de aquel hombre de melena rubia que le llegaba por los hombros, los ojos de aquel tipo le miraron desde las alturas y en un español de acento  rudo le dijo:

  • Mi esposa le está diciendo que no le entiende, ella apenas habla español, somos alemanes, estamos aquí de paso por las olas y ya nos vamos, buenas tardes señor.

El alto alemán, se había percatado de que aquel hombre devoraba a su esposa con los ojos, que no paraba de pasarse la lengua por los labios como quien hace señas en el mus, o tiene sed, o tiene un tic nervioso, no lo sabía ni le importaba,  cogió la tabla que estaba en el suelo, la que acababa de usar su esposa para hacer yoga, la que él mismo  había clavado en la arena, pero que el otro no se había percatado del momento en que lo había hecho, se metió ambas bajo un brazo bien musculado y se agachó con una agilidad felina para coger a su esposa poniéndola sobre su hombro, mientras ella reía y pataleaba en broma, pero no entendió nada de lo que decían, cuando giraron en las escaleras al subir de la playa al paseo marítimo la rubia le echó un último vistazo y él supo que no se había equivocado. Estaba totalmente seguro de que ella era la mujer con la que compartió casa, cama y mantel durante algunos años hacía tiempo, la única que no había sido de pago, la única mujer y no señorita de su vida, quizás por eso la había buscado tanto y la extrañaba desde que ella le había dicho eso de «no eres tú, soy yo…», aunque bien sabía él que fue por mil cosas que él había hecho mal en aquellos años que compartió todo aquello con aquella mujer, la única mujer de verdad que había conocido, ahora lo sabía, ahora que todo lo que ella le había vaticinado se había cumplido.

Les vio ducharse en el paseo marítimo y marcharse sin haberse secado, les seguía con la mirada sin saber que de hito en hito el alemán también le miraba a él.

Cuando llegaron a la autocaravana besó a su marido y le dijo:

  • Gracias por estar pendiente de mí.
  • Gracias por acordarte de la señal de emergencia que te enseñé, eres una buena alumna, mi amor.
  • ¡Ah! ¿Ahora soy tu amor? ¿Ya no soy meine Leiblisgsblondine?
  • Siempre eres y serás mi amor y mi rubia favorita, nunca te lo dije, pero fuiste mi rubia favorita desde que posé estos ojos verdes sobre tu rubia melena y nuestras miradas se cruzaron, pero creo que tú no eres una mujer romántica, eres más bien una mujer pragmática. – Le dijo mientras la besaba estrechándola entre sus torneados brazos. – Creo que deberías invitarme a cenar, porque tú a ese tipo lo conocías, no pensarás que me has engañado, ¿Verdad señora Meyer?

La respuesta que obtuvo Meyer fue que su esposa le enseñó su tarjeta de crédito como invitación mientras la agitaba se quitaba el bañador insinuante, y le decía que podrían ir a algún restaurante antes de meterse al fondo de la caravana a elegir algo de ropa para ir a cenar, rebuscaba cuando observó que su marido salió fuera y delante suyo había movimiento.

De repente la caravana se movió como si hubieran chocado contra un ciervo, pero estaban parados.

Oyó a Hans hablar fuera, él jamás levantaba la voz, y pocas veces le había visto enfadado, jamás con ella, pero cuando se enfadaba con alguien esa persona captaba el mensaje más por su mirada y su lenguaje corporal que por sus voces, era más el tono de su voz que el volumen que usase el que dejaba claro que no había que volver a molestar a Hans Meyer. Hablaba lento, su voz se tornaba grave y profunda, vocalizaba de forma aún más abrupta que de costumbre y daba igual en qué idioma hablase, tenía un carisma que a ella le recordaba al de los gatos que parecía que ante las amenazas se crecían erizándose para aparentar ser aún más grandes. Aunque a ella le parecía difícil imaginarse un hombre más grande y mas amenazante que su marido.

Corrió la cortinilla de la ventana y se encontró con la cara de su ex aplastada contra el cristal. Intentó girar la cara para verla, estaba casi desnuda, no hizo ademán de cubrirse, en aquella postura no alcanzaría a verla, sonrió a su marido, era como haber pillado a un niño haciendo algo que le habían dicho ya que no debía hacer, pero el niño se empeñaba en hacerlo una y otra vez. Su marido le devolvió la sonrisa, era como un código secreto entre ellos, no se contaban las cosas, pero tampoco les hacía falta, les unía algo más grande, algo superior.

Debía haberles seguido, debía haber estado mirando como un vulgar vouyeur, curioseando por las ventanas de su autocaravana para cerciorarse de quién era ella.

Hans le tenía suspendido en el aire, le hablaba, no muy alto, ella abrió la ventana, quería oír lo que fuera que su marido tuviera que decirle a aquel hombre.

  • ¡Cariño!  – Le dijo ahora sí en un perfecto español nativo – ¿Podrías volver a empezar que no estaba cuando habéis comenzado por favor?
  • Le decía a este pedazo de mierda que cuando mi esposa le dice en un perfecto alemán que no sabe hablar español, es una declinación muy educada a su estúpida invitación a entablar una conversación y que si no ha pillado la indirecta es aún más estúpido venir a observar a mi esposa por la ventana de nuestra autocaravana cuando ella se desnuda, porque puedo permitirme el lujo de pagarle los dientes, porque cuando mi esposa decide no hablar con él se la respeta por encima de todo.
  • ¿Cenamos mi rubio favorito? – Dijo ella girándose para terminar de vestirse dando por zanjado el tema.
  • Acabo ya mi rubia favorita. Creo que este tipo lo ha entendido a la segunda.
  • No importa cariño, solo quiero cenar, el vuelo para Australia sale temprano y estoy cansada. – Le dijo a su marido mientras le guiñaba un ojo mirándole desde el reflejo de un espejo.

A él casi le dio un ataque de risa al oír Australia y ver que aquel tipo se había orinado encima y le estaba manchando los pies con las salpicaduras porque había salido descalzo con las prisas… ¡vaya asco!

Te has perdido quién soy

 

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